lunes, 7 de abril de 2008

Me estoy haciendo mayor..

Discutía el otro día sobre las ventajas e inconvenientes de vivir en un pueblo, un pueblo pequeño como el mío sin apenas gente, sin apenas movimiento. Vivo en él por la cercanía a mi trabajo y por el ahorro que me supone seguir con los papis. Es como un hotelito con encanto de esos que están de moda. Ver alguien por la calle es casi un milagro, sobre todo en invierno. Ver algo de movimiento en los bares pasadas las 10 de la noche es surrealista. La edad media de lo que se ve en movimiento podría compararse con cualquier geriátrico de la región... pero tiene sus cosas buenas. Seguro que las tiene.
Tiene tranquilidad, tiene paz, calma sosiego... un entorno bonito y un espacio amplio para encontrase con uno mismo.
Tiene momentos de jaleo, de ver mucha gente por la calle, de pasarlo en grande. Son los menos.
¿Será que me estoy haciendo mayor? Si es así, ¿por qué no me gusta el pueblo cuando a la mayoría les encanta un retiro espiritual en alguna aldea al llegar a cierta edad? ¿Por qué se me queda tan pequeño?
Reconozco que hay momentos en los que se disfruta de ello, pero a mí me puede el resto. La rutina, lo de siempre. 4 horas de placer semanales son una gota de agua dulce en las 164 restantes que componen el inmerso océano que es cada semana... Lo contradictorio de todo esto es el tema de esta entrada. Siento que me estoy haciendo mayor pero me gusta la ciudad más que el campo para vivir. Me estoy haciendo mayor porque veo los veintitodos muy cerca, porque las cosas que me gustaban antes no me gustan y porque lo que hace el resto del mundo me aburre. Por motivos laborales y personales hacía dos meses o más que no salía un sábado de fiesta por ahí como un borrego más. Me sentí agobiado. O me doy a la bebida o se me hace muy costoso el aguantar los empujones de un bareto para intentar pedir un cubata que encima sabe Dios de qué estará compuesto. Sales a la calle y tienes que andar esquivando los meos por un lado, las potas por otro, los restos de los disfraces de las despedidas de soltero por el otro... y un sinfín de obstáculos que se me hacen muy cuesta arriba. En el último garito que estuve el calor era sofocante, la gente a su pedo (nunca mejor dicho), la música a todo trapo... y menos mal que los móviles tienen vibración y me enteré de mi llamada salvadora. Llamada sorprendente de una persona que me tiene ensimismado y que más me dejó al recibirme con una cosa en la cabeza que se asimilaba a un cerdo. Era cierto, un cerdo que movía las orejas si le tirabas de una cuerdita. Fue mi salvación. El sustento del cerdito tiene cosas en común con un servidor: no le gusta su pueblo y tiene amor apasionado por su profesión y lo que la rodea. Apenas nos conocemos, un par de cacharros que por nuestras poca locuacidad no han dado mucho de sí. El de ese sábado tampoco dio para mucho ya que la camarera del sitio tranquilo al que fuimos, nos metió algo de prisa porque cerraban el garito. Fue un remanso de paz. Una paz guerrera, pues la paz no era total en un sitio con música y copas de por medio. Una conversación no muy larga en palabras, aunque quizá sí en expresiones. No sé que tienen unos ojos que hablan más que una boca. El garito cerró. Cada mochuelo a su olivo y un nuevo día. Un día de recuerdo gris; negro por la primera parte, blanco por la segunda. No lo he vuelto a ver; si a hablar. ¿Siento demasiada necesidad por tener más remansos de paz? Sí. La siento. Me estoy haciendo mayor.

6 comentarios:

justo rodríguez dijo...

Perdón por la vulgaridad, pero que tal estaba la piba?..

I.Jalón dijo...

0 comentarios al comentario de esta entrada

justo rodríguez dijo...

- Llevas razón, me he cargao la atmósfera que habias creado..., pero es que yo, también me he hecho mayor...

I.Jalón dijo...

Fijate si me estaré haciendo mayor que ese sábado terminé en el mismo garito que estaba Nafarrate....
Y me fui solo a casa...

Anónimo dijo...

Ya sabes, hay ojos que hablan por si solos... Muak

justo rodríguez dijo...

- No me digas más acabaste en el Caledonia...
Otro sábado será...