miércoles, 9 de septiembre de 2009

Recortando

Pocas veces he visto yo un espectáculo de recortadores in situ, pero reconozco que me gusta. Me gusta un poco el mundo del toro aunque no tanto el tema del sufrimiento animal y bla bla bla. Pero no voy a hablar del mundo animal sino que me apetece contar una cosilla que me contó un conocido mío que se dedica a eso de las fieras, recortes y otros menesteres.
Se supone, porque yo mucha idea no tengo, que una de las características de los recortadores es la aproximación y el enfrentamiento a cuerpo del propio recortador con el toro. El animal va de frente hacia el humano, que, a su llegada, debe retirarse con arte y gracejo apurando al máximo el contacto con el astado. Incluso el roce o el contacto pueden producir placer al recortador que eleva el riesgo a su máxima potencia. Hay veces, según me cuentan, que es casi imposible hacer eso. El hombre va todo decidido en busca del toro pero al morlaco le da por evadirse de todo y pasear a sus anchas por el ruedo de turno; incluso huye de las llamadas de su contrincante. Que el recortador de turno se acerca al centro..., el torito empieza a recorrer la barrera con un trote socarrón; que el recortador va en busca del astado hacia las tablas, el bovino juguetea con la arena y marcha al trote hacia el centro del ruedo. El recortador, desesperado, abandona la tarea y decide cambiar de animal. Desconozco si los toros tienen memoria, si pueden reconocer a la gente etc. pero, me dicen, que ese mismo tándem se cruzó un día en un mismo albero, lejano al anterior y el rumiante lo reconoció. Vaciló un poco e inició un juego similar, aunque al final se arrancó y fue directamente a por su oponente. Ese día, nuestro recortador ganó el premio al recorte más ajustado puesto que bordó la suerte en todas sus tandas e incluso apuró demasiado rasgándose la camisa con el cuerno de su contrincante. En otro festejo la modalidad fue distinta. Había que introducir ciertos objetos en las astas del toro y, a priori, no era nada complicado dentro de lo que es el espectáculo en sí. La putada: que el toro estaba juguetón. Embestir embestía pero al llegar al recortador, pegaba un meneo de cabeza que hacía que las anillas más finas no pudiesen introducirse en sus astas y terminasen en el suelo. El torero hacía una mala hostia del copón porque se creía capaz de hacerlo pero la situación, el toro, las anillas y el día, hacían que nada saliese como debía. El pobre luchador no dio una. Fue tanto su cabreo con el morlaco que se olvidó que tenía que seguir con el espectáculo. Mala tarde. Viendo las imágenes de la corrida (con perdón) nuestro recortador se vino abajo y llegó a plantearse la retirada de la competición por miedo a repetir el fiasco. Se fue a ver al ganadero y preguntarle por el cabronazo del toro de ese día para pedirle, e incluso suplicarle, que no mandase ese novillo a más concursos en los que él participase. Fue entrar en la finca y aparecer "Rorcalillo" (así debía llamarse el bicho) como un energúmeno en busca de nuestro protagonista de tal forma que no le quedó otro remedio que hacer un recorte para evitar ser embestido. Le salió tan bien que fue el propio novillo el que convenció al maromo para seguir con su tarea. No me enteré de lo que pasó después ni si se han vuelto a encontrar pero cuando me entere, ya lo intentaré resumir. De momento, yo prefiero ver los toros desde la barrera que dicen que es más seguro, aunque, como salte....

No hay comentarios: